Cuando vivía en Londres comprendí algo que al principio me parecía inexplicable y era por qué los ingleses se iban corriendo a los parques en cuanto que salía un rayo de sol. Al cabo de un par de meses, la primera que lo hacía era yo. De eso va este dichoso efecto hedónico del que te hablamos a continuación.

 Según la RAE, hedónico significa “perteneciente o relativo al hedonismo”, que a su vez significa “actitud vital basada en la búsqueda del placer”. Es decir, y para que nos entendamos todos, es un mecanismo psicológico por el que, una vez que se ha saciado un deseo, ya no nos satisface lo suficiente y nos creamos otra necesidad que tiene que ser satisfecha.

Puede que hayas oído hablar de él como “hedonic treadmill” (La rueda hedónica), un término que acuñaron dos autores ingleses “Brickman” and “Campbell”, y que describía la tendencia de las personas a mantener un nivel de felicidad bastante estable a pesar de los acontecimientos externos. Lo comparaban con lo que hace un hámster cuando está dentro de esta rueda andadora, que por mucho que corra, permanece siempre en la misma posición y el mismo lugar, sin avanzar.

Brickman llevó a cabo un interesante estudio en 1978. Con su equipo entrevistaron a 22 personas que habían ganado la lotería entre 1 mes y un año antes y 29 parapléjicos que habían tenido el accidente con aproximadamente la misma anterioridad. Las conclusiones más sorprendentes es que los que habían ganado la lotería seguían teniendo los mismos niveles de felicidad que antes de hacerlo, y los que se habían quedado en una silla de ruedas estaban todavía en un proceso de adaptación, pero, la mayoría de ellos, estaban convencidos de que iban a ser tan felices como antes del accidente.

Son muchos los psicólogos y autores que han estudiado este comportamiento, pero destacó especialmente uno, Michael Eysenck, que en los años noventa se dedicó a estudiar este efecto en profundidad, ligándolo muy de cerca con la ansiedad, que se  ha convertido en una auténtica epidemia de nuestro tiempo.

Años más tarde irrumpió un nuevo concepto, “la resilencia”, que por desgracia es una palabra que se ha mal utilizado mucho, pero que viene de un término que se utiliza en física y que hace referencia a la capacidad de un cuerpo para volver a su estado original después de recibir un impacto. Trasladado a las personas, la capacidad de superar una desgracia o un profundo cambio en nuestras vidas.

En los casos en las que los acontecimientos externos son negativos, es nuestra capacidad de adaptación y nuestra tendencia a sacar lo mejor de cada situación, la que hace que sean muchos los que vuelven a un estado de felicidad estable.

Sin embargo, en el caso en el que vamos a mejor, es este dichoso efecto hedónico el que no consigue que seamos cada vez más felices. Y en muchas ocasiones ocurre justo lo contrario. Nada de lo que nos puedan dar o de lo que nos podamos comprar, nos hace sentirnos mejor al día siguiente.

Y este estado de “letargo”, en el que somos incapaces de ver que hay más allá de la rueda, tiene otra consecuencia negativa, y es que nos “conformamos” con la situación estable en la que estamos y no queremos buscar otras opciones o salir de nuestra zona de confort.

Por miedo a perder esa estabilidad, que no felicidad, es por lo que le encontramos explicación a aguantar en un trabajo que no nos llena porque el sueldo no está mal, a vivir con alguien durante años a pesar de que la convivencia ya es casi inexistente…

Se trata sobre todo de algo que depende de nosotros, de nuestra actitud. De no dejarnos llevar por los impulsos y dar las gracias por lo que tenemos cada día. Eso además, es sabiduría popular. Son las cosas que cuando eras pequeño te decían tus padres o tus abuelos, y que en ese momento no entendías.

Siempre recuerdo a mi madre diciéndome: “No se puede tirar la comida, con la de niños que hay pasando hambre en el mundo”. Y en ese momento aquello me parecía la charla de turno, sin entender todo el significado que había detrás de esas palabras.

La próxima vez que tengas que madrugar para ir a trabajar, aparte de mirar por el parabrisas para ver los coches que tienes delante, o de ir deprisa hacia la parada de metro más cercana, echa una mirada hacia el cielo, que puede que te estés perdiendo uno de esos amaneceres que te dejan sin aliento.

Y para terminar, como siempre, tiene la frase perfecta el gran Viktor Frankl:

“Vive como si estuvieras viviendo una segunda vez, y como si hubieras actuado mal la primera”.